LA JUSTICIA QUE DERIVA DE LA FE EN CRISTO - C

LA JUSTICIA QUE DERIVA DE LA FE EN CRISTO
La fe en Cristo en San Pablo

                                                         RANIERO CANTALAMESSA

CITAS DE LA HOMILIA QUE PUBLICÓ ZENIT

1. Justificados por la fe en Cristo

La vez pasada hemos buscado caldear nuestra fe en Cristo al contacto con la del evangelista Juan; en esta ocasión intentamos hacer lo mismo al contacto con la fe del apóstol Pablo.

Cuando San Pablo, desde Corinto, en los años 57-58, escribió la Carta a los Romanos, debía estar aún vivo y ardiente en él el recuerdo del rechazo hallado algún año antes en Atenas en su discurso en el Areópago. No obstante, al inicio de la Epístola se dice seguro de haber recibido la gracia del apostolado «para predicar la obediencia de la fe entre todos los gentiles» (Rm 1,5).

¡La obediencia y, por añadidura, entre todos los gentiles! El fracaso no había arañado en lo más mínimo su certeza de que «el Evangelio es poder de Dios para todo el que cree» (Rm 1,16). En aquel momento, la inmensa tarea de llevar el Evangelio a los confines del mundo estaba aún toda por delante. ¿No debía parecer una tarea imposible y absurda? Pero Pablo decía: «Sé bien en quién tengo puesta mi fe» (2 Tm 1,12), y dos mil años han dado razón a la audacia de su fe.

Reflexionaba sobre estas cosas la primera vez que visité Atenas y Corinto y me decía: «Si tuviéramos hoy un granito de esta fe de Pablo, no nos dejaríamos intimidar por el hecho de que el mundo está todavía en gran parte por evangelizar y que, es más, rechaza, a veces desdeñosamente, como los areopagitas, dejarse evangelizar».

La fe en Cristo, para Pablo, es todo. «La vida que vivo al presente en la carne –escribe a modo de testamento en la Epístola a los Gálatas--, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20) [1]

Cuando se habla de fe en San Pablo el pensamiento corre espontáneamente al gran tema de la justificación mediante la fe en Cristo. Y sobre ello deseamos concentrar la atención, no para trazar ahí la enésima discusión, sino para acoger su consolador mensaje. Decía en la primera meditación que actualmente existe la necesidad de una predicación kerigmática, apta para suscitar la fe allí donde no existe aún o ha muerto. La justificación gratuita mediante la fe en Cristo es el corazón de tal predicación y es una lástima que esté en cambio prácticamente ausente de la predicación ordinaria de la Iglesia.

Al respecto ha sucedido algo extraño. A las objeciones agitadas por los reformadores, el Concilio de Trento había dado una respuesta católica en la que había lugar para la fe y para las buenas obras, cada una, se entiende, en su orden. No se salva uno por las buenas obras, pero no se salva sin las buenas obras. De hecho sin embargo, desde el momento en que los protestantes insistían unilateralmente en la fe, la predicación y la espiritualidad católica acabaron por aceptar casi sólo la ingrata tarea de recordar la necesidad de las buenas obras y de la aportación personal a la salvación. El resultado es que la gran mayoría de los católicos llegaba al final de la vida sin haber oído jamás un anuncio directo de la justificación gratuita mediante la fe, sin demasiados «peros».

Después del acuerdo sobre este tema de octubre de 1999, entre la Iglesia católica y la Federación mundial de las Iglesias luteranas, la situación cambió en línea de principio, pero cuesta aún pasar a la práctica. En el texto de aquel acuerdo se expresa el deseo de que la doctrina común sobre la justificación pase ahora a la práctica, haciéndose experiencia vivida por parte de todos los creyentes y no sólo objeto de doctas disputas entre teólogos. Es lo que nos proponemos lograr, al menos en pequeña parte, con la presente meditación. Leamos ante todo el texto:

«Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús» (Rm 3, 23-26).

No se entiende nada de este texto, y hasta acabaría por inspirar miedo más que consolación (como ocurrió de hecho por siglos), si no se interpreta correctamente la expresión «justicia de Dios». Fue Lutero quien redescubrió que «justicia de Dios» no indica aquí su castigo, o peor, su venganza, respecto al hombre, sino que indica, al contrario, el acto mediante el cual Dios «hace justo» al hombre. (Él verdaderamente decía «declara», no «hace», justo, porque pensaba en una justificación extrínseca y forense, en una imputación de justicia, más que un real ser hechos justos).

…..Antes que él San Agustín había escrito: «La “justicia de Dios” es aquella gracias a la cual, por su gracia, él hace de nosotros justos….exactamente como la “salvación del Señor” (Sal 3,9) es aquella por la cual Dios hace de nosotros salvados»

Justificación y conversión

Cuando Jesús decía: «Convertíos y creed en el Evangelio», ya enseñaba por lo tanto la justificación mediante la fe. Antes de él, convertirse significaba siempre …… regresar a la alianza violada mediante una renovada observancia de la ley.

Convertirse, consecuentemente, tiene un significado principalmente ascético, moral y penitencial, y se realiza cambiando la conducta de vida. La conversión es vista como condición para la salvación; el sentido es: convertíos y seréis salvos; convertíos y la salvación llegará a vosotros.

[1] No por lo tanto la fe de Cristo,….. sino la fe en Cristo. Sobre ella el Apóstol funda la propia vida y nos invita a fundar la nuestra….


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