07 junio, 2009

DIOS Y LA FUERZA DE LA PALABRA

Dios y la fuerza de la Palabra.
A cargo del Padre José Romero

La palabra es poderosa y puede ser utilizada para el bien o para el mal.

Hay tres frases de la Madre Teresa de Calcuta que pueden resumirse como la Teología de la pobreza:
- “Las críticas no son otra cosa que orgullo disimulado”.
- “Un alma sincera para consigo misma nunca se rebajará a la crítica”.
- “La crítica es el cáncer del corazón”.

A nosotros nos parece que la crítica tiene poca importancia, que la crítica es “constructiva”, pero la crítica en el fondo está teñida de envidia y orgullo y por eso es el cáncer del corazón.

Veamos la Palabra de Dios en Núm. 12, 1-16
Miriam y Aarón se pusieron a murmurar contra Moisés a causa de la mujer cusita con la que éste se había casado. Moisés, en efecto, se había casado con una mujer de Cus. “¿Acaso el Señor ha hablado únicamente por medio de Moisés?, decían. ¿No habló también por medio de nosotros?” Y el Señor oyó todo esto. Ahora bien, Moisés era un hombre muy humilde, más humilde que cualquier otro hombre sobre la tierra. De pronto, el Señor dijo a Moisés, a Aarón y a Miriam:”Vayan los tres a la Carpa del Encuentro”. Cuando salieron los tres, el Señor descendió en la columna de nube y se detuvo a la entrada de la Carpa. Luego llamó a Aarón y a Miriam. Los dos se adelantaron, y el Señor les dijo: “Escuchen bien mis palabras: cuando aparece entre ustedes un profeta, yo me revelo a él en una visión, le hablo en un sueño. No sucede así con mi servidor Moisés: él es el hombre de confianza en toda mi casa. Yo hablo con él cara a cara, claramente, no con enigmas, y él contempla la figura del Señor.
¿Por qué entonces ustedes se han atrevido a hablar contra mi servidor Moisés?”. Y lleno de indignación contra ellos, el Señor se alejó.
Apenas la nube se retiró de encima de la Carpa, Miriam se cubrió de lepra, quedando blanca como la nieve. Cuando Aarón se volvió hacia ella y vio que estaba leprosa, dijo a Moisés: “Por favor, señor, no hagas pesar sobre nosotros el pecado que hemos cometido por necedad. No permitas que ella sea como el aborto, que al salir del seno materno ya tiene consumida la mitad de su carne”. Moisés invocó al Señor, diciendo: “¡Te ruego, Dios, que la cures!” Pero el Señor le respondió: “Si su padre la hubiera escupido en la cara, ¿no tendría que soportar ese oprobio durante siete días? Que esté confinada fuera del campamento durante siete días y al cabo de ellos vuelva a ser admitida”

Moisés era muy humilde, más humilde que cualquier otro hombre en la tierra. A los profetas Dios les hablaba en sueños, con Moisés Dios hablaba cara a cara.
Nosotros creemos que la crítica y la murmuración son una pavada, pero para Dios es algo serio. En general está unido a los celos y a la envidia. Aarón reconoce su necedad y pide perdón. Y Moisés intercede y Dios la perdona, pero la hace estar una semana fuera del campamento

Otro flagelo: el chisme.
Tenemos que cuidarnos de no pecar con las palabras. Se cometen muchos pecados con las palabras. Debemos tratar de ser impecables con nuestras palabras, utilizar nuestras energías correctamente en la verdad y en el amor.

De chicos nos domestican. El nene es rebelde y libre. Los niños son libres, juegan y no guardan rencor. Son como una flor, un animal salvaje. Poco a poco la educación los va frenando.
Debemos llegar a un acuerdo para ser impecables, debemos limpiar el veneno que hay en nuestro corazón. Esto implica una sanación interior.

Aprendimos a hacer de la mentira un hábito cuando hablamos con los demás y también cuando nos hablamos a nosotros mismos. En el Infierno el poder de las palabras se emplea de un modo erróneo para maldecir, culpar, reprochar y destruir.

De vez en cuando, usamos las palabras para el bien.
Las palabras son el don más poderoso que tenemos como seres humanos.
Jesús es el Verbo encarnado, la Palabra del Padre.
Usamos las palabras para fomentar el odio entre las familias, las naciones, para fomentar los prejuicios.

Les voy a dar un ejemplo. Había una vez una mujer que quería mucho a su hijita. Un día vino del trabajo muy cansada con un fuerte dolor de cabeza. La hijita estaba cantando muy contenta. A la mujer se le partía la cabeza del dolor y en un momento le dijo enojada: “Tienes una voz horrible”. Esta mujer sin quererlo, le hizo un enorme daño a su hijita. Esta chiquita a partir de ese momento dejó de cantar. No pudo cantar nunca más. Creyó que debía reprimir sus emociones para ser aceptada y amada. Muchas veces dañamos de forma inconsciente.
Jesús desde la Cruz clama al Padre: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

El chisme. Contar chismes se ha convertido en la principal forma de comunicación en la sociedad humana. “A la miseria le gusta estar acompañada”.
Si hacemos una analogía, los chismes son comparables a un virus informático. Generan una cadena interminable entre todos los hombres y en el mundo, muchas personas reciben la información a través de un virus venenoso y contagioso. Los esfuerzos por desprestigiar a la gente son devastadores. El teléfono descompuesto.
Resulta fácil justificar el buen y el mal uso de la palabra.

También cuando nos hablamos a nosotros mismos. “Estoy gordo”, “soy feo”, “nunca seré perfecto”.Es importante comprender lo que son las palabras y el efecto que causan para cambiar de actitud.

Cambio à evitar el mal uso de las palabras.
à en la manera de tratarnos a nosotros mismos. “Qué maravilla que soy”
à en la forma de tratar a los demás: padre, madre, hijos.

Si evitamos hablar mal, hacemos desaparecer de nuestra mente los chismes y trascendemos el nivel del infierno.

Utilizar la palabra à para compartir el amor
à para relacionarme contigo que eres una persona maravillosa.

“Fulanito, te amo y te acepto porque Jesús te ama”.
De esta forma cambio el modo negativo de hablarme a mí mismo. Utilizo la palabra para cambiar aquello que me hace sufrir.

De un corazón sano sólo fluye amor. Cuando el corazón está enfermo, fluye la crítica. La crítica es orgullo disimulado. Cuando critico, estoy juzgando al otro.
Tomo poder. Podemos comparar a la palabra buena con la “magia blanca” y a la mala con el hechizo.

La crítica implica una no aceptación del otro. Criticando al otro nos ponemos en un grado de superioridad frente al otro.

La Palabra espiritual.

Existen tres idiomas:
El idioma de las tinieblas, que es la queja
La quejabanza.
El idioma del reino de la Luz es la alabanza.

La palabra es muy importante. Siempre estamos hablando. El idioma que hablo evidenciará a qué reino pertenezco. Cada uno tiene su lenguaje. En el infierno todos se quejan.

Mientras somos peregrinos en la Tierra, nuestro modo de hablar descubre de qué reino somos.
¿qué idioma hablo yo?
Nuestra manera de hablar delata quién está reinando en nuestro corazón.

En un mundo derrotado, fracasado, donde todos se quejan. Hay tinieblas adentro, y de la abundancia del corazón se queja la boca.

En el Reino de la luz, en cambio, se alaba. Gracias, Señor. ¡Gloria al Señor! Nadie se queja. Estamos mal acostumbrados, pero vale la pena intentarlo.

Cuesta descubrir a qué reino pertenecemos. Muchas veces pertenecemos a la quejabanza. Pablo nos señala nuestra ley:

Ef. 4, 29-31: No profieran palabras inconvenientes; al contrario, que sus palabras sean siempre buenas, para que resulten edificantes cuando sea necesario y haban bien a aquellos que las escuchan. No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, que los ha marcado con un sello para el día de la redención. Eviten la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo.

Debemos dar siempre gracias por todo a Dios Padre. Dar gracias por todo, porque ésta es la voluntad de Dios.
1Tes 5, 4 Pero ustedes, hermanos, no viven en las tinieblas, todos ustedes son hijos de la luz, hijos del día. Nosotros no pertenecemos a la noche ni a las tinieblas. No nos durmamos, entonces, como hacen los otros. Seamos sobrios, ya que pertenecemos al día: revistámonos con la coraza de la fe y del amor, y cubrámonos con el casco de la esperanza de la salvación. Anímense y estimúlense mutuamente, como ya lo están haciendo.

Dar gracias por todo. Se rompió el jarrón. Doy gracias. Por lo menos que no pierda también el gozo, ya que perdí el jarrón. Quejándome no va a arreglarse.
Estemos siempre gozosos y el mundo quedará maravillado.
Nuestro idioma de cristianos es el gozo, la gratitud. El reconocimiento interno de que Cristo reina en toda situación.
Agradecer por las cosas negativas. Si uno agradece a Dios, Dios obra. Tengo cáncer, agradezco y confío en el Señor.
¡Si contamos la cantidad de veces que nos quejamos en el día! Debemos cambiar nuestra mente.
Dios sabe lo que hace, y me da lo mejor.
Debemos proponérnoslo, con la ayuda del Espíritu Santo y con disciplina.

Hay un libro muy interesante sobre el señorío de Jesús: “Jesucristo, el Señor” de Jorge Himitian.
Condarco 1440. Tel 4584-8582. Editorial Logos – www.editoriallogos.com.ar

Una palabra para tener muy en cuenta es el capítulo 3 de la carta de Santiago
Hermanos, que no haya muchos entre ustedes que pretendan ser maestros, sabiendo que los que enseñamos seremos juzgados más severamente, porque todos faltamos de muchas maneras.
Si alguien no falta con palabras es un hombre perfecto, porque es capaz de dominar toda su persona. Cuando ponemos un freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, dominamos todo su cuerpo. Lo mismo sucede con los barcos, por grandes que sean y a pesar de la violencia de los vientos, mediante un pequeño timón, son dirigidos adonde quiere el piloto. De la misma manera, la lengua es un miembro pequeño, y sin embargo, puede jactarse de hacer grandes cosas. Miren cómo una pequeña llama basta para incendiar un gran bosque. También la lengua es un fuego: es un mundo de maldad puesto en nuestros miembros, que contamina todo el cuerpo, y encendida por el mismo infierno, hace arder todo el ciclo de la vida humana. Animales salvajes y pájaros, reptiles y peces de toda clase, han sido y son dominados por el hombre. Por el contrario, nadie puede dominar la lengua, que es un flagelo siempre activo y lleno de veneno mortal. Con ella bendecimos al Señor, nuestro Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios. De la misma boca salen la bendición y la maldición….
El que se tenga por sabio y prudente demuestre con su buena conducta que sus actos tienen la sencillez propia de la sabiduría… La sabiduría que viene de lo algo es, ante todo, pura; y además es pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera. Un fruto de justicia se siembra pacíficamente para los que trabajan por la paz.

¿De dónde provienen las luchas y las querellas que hay entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que combaten en sus mismos miembros? Ustedes ambicionan, y si no consiguen lo que desean, matan; envidian, y al no alcanzar lo que pretenden, combaten y se hacen la guerra. Ustedes no tienen, porque no piden. O bien, piden y no reciben, porque piden mal, con el único fin de satisfacer sus pasiones.
¡Corazones adúlteros! ¿No saben acaso que haciéndose amigos del mundo se hacen enemigos de Dios? Porque el que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. No piensen que la Escritura afirma en vano: El alma que Dios puso en nosotros está llena de deseos envidiosos. Pero él da una gracia más grande todavía, según la palabra de la Escritura que dice: Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Sométanse a Dios, resistan al demonio, y él se alejará de ustedes. Acérquense a Dios y él se acercará a ustedes. Que los pecadores purifiquen sus manos; que se santifiquen los que tienen el corazón dividido. Reconozcan su miseria con dolor y con lágrimas. Que la alegría de ustedes se transforme en llanto, y el gozo, en tristeza. Humíllense delante del Señor, y él los exaltará.

Hermanos, no hablen mal los unos de los otros. El que habla en contra de un hermano o lo condena, habla en contra de la Ley y la condena. Ahora bien, si tú condenas la Ley, no eres cumplidor de la Ley, sino juez de la misma. Y no hay más que un solo legislador y juez, aquel que tiene el poder de salvar o de condenar. ¿Quién eres tú para condenar al prójimo?

Hermanos, no se quejen los unos de los otros para no ser condenados.
Hermanos, no juren ni por el cielo, ni por la tierra, ni de ninguna manera: que cuando digan “sí” sea sí, y cuando digan “no”, sea “no”, para no ser condenados.
Si alguien está afligido, que ore. Si está alegre, que cante salmos. Si está enfermo, que llame a los presbíteros de la Iglesia, para que oren por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor. La oración que nace de la fe salvará al enfermo, el Señor lo aliviará, y si tuviera pecados, le serán perdonados. Confiesen mutuamente sus pecados y oren los unos por los otros, para ser curados. La oración perseverante del justo es poderosa.
Hermanos míos, si uno de ustedes se desvía de la verdad y otro lo hace volver, sepan que el que hace volver a un pecador de su mal camino salvará su vida de la muerte y obtendrá el perdón de numerosos pecados.


De los Sermones de san Agustín, obispo

Las aflicciones y tribulaciones que a veces sufrimos nos sirven de advertencia y corrección. La sagrada Escritura, en efecto, no nos promete paz, seguridad y tranquilidad, sino que el Evangelio nos anuncia aflicciones, tribulaciones y pruebas; pero el que permanezca firme hasta el fin se salvará. ¿Qué ha tenido nunca de bueno esta vida, ya desde el primer hombre, desde que éste se hizo merecedor de la muerte, desde que recibió la maldición, maldición de la que nos ha liberado Cristo el Señor?
No hay que murmurar, pues hermanos como murmuraron algunos -son palabras del Apóstol- y perecieron mordidos por las serpientes. Los mismos sufrimientos que soportamos nosotros tuvieron que soportarlos también nuestros padres; en esto no hay diferencia. Y, con todo, la gente murmura de su tiempo, como si hubieran sido mejores los tiempos de nuestros padres. Y si pudieran retornar al tiempo de sus padres, murmurarían igualmente. El tiempo pasado lo juzgamos mejor, sencillamente porque no es el nuestro.
Si ya has sido liberado de la maldición, si ya has creído en el Hijo de Dios, si ya has sido instruido en las sagradas Escrituras, me sorprende que tengas por bueno el tiempo en que vivió Adán. Y tus padres cargaron también con el castigo merecido por Adán. Sabemos que a Adán se le dijo: Con sudor de tu frente comerás el pan y trabajarás la tierra de la que fuiste sacado; brotará para ti cardos y espinas. Esto es lo que mereció, esto recibió, esto consiguió por el justo juicio de Dios. ¿Por qué piensas, pues, que los tiempos pasados fueron mejores que los tuyos? Desde el primer Adán hasta el de hoy, fatiga y sudor, cardos y espinas. ¿Acaso ha caído sobre nosotros el diluvio? ¿O aquellos tiempos difíciles de hambre y guerras, de los cuales se escribió precisamente para que no murmuremos del tiempo presente contra Dios?
¡Cuáles fueron aquellos tiempos! ¿No es verdad que todos, al leer sobre ellos, nos horrorizamos? Por esto, más que murmurar de nuestro tiempo, lo que debemos hacer es congratularnos de él.

Me pasa algo que parece ser una desgracia, doy gracias y confío en que Dios sacará algo bueno de esto. Me pasa algo bueno, doy gracias por ello, pero no por eso dejo de estar atento. Todo bien aquí abajo es pasajero. Pongo siempre mi corazón en los bienes eternos y por todo bueno o malo doy gracias a Dios, con confianza de niño me dejo guiar por mi Padre Dios.

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