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21 mayo, 2020

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17 abril, 2020



LA RELACIÓN CON EL SEÑOR DEBE SER COMUNITARIA
Homilía del Papa en Santa Marta:17 de abril de 2020
(Fuente: Vatican News)
Los discípulos eran pescadores: Jesús los había llamado justamente en su trabajo. Andrés y Pedro trabajaban con las redes. Dejaron las redes y siguieron a Jesús. Juan y Santiago, lo mismo: dejaron a su padre y a los muchachos que trabajaban con ellos y siguieron a Jesús.
La llamada fue en su trabajo como pescadores. Y este pasaje del Evangelio de hoy, este milagro, esta pesca milagrosa, nos hace pensar en otra pesca milagrosa, la que cuenta Lucas en el capítulo cinco: lo mismo ocurrió allí también. Tuvieron una pesca, cuando pensaban que no tenían ninguna.
Después del sermón, Jesús dijo: “Vayan al mar - ¡Pero trabajamos toda la noche y no pescamos nada! – Vayan. Confiando en tu palabra, dijo Pedro, echaré las redes. Había tanto - dice el Evangelio - que fueron tomados por el asombro, por ese milagro”. Hoy, en esta otra pesca no se habla de asombro. Se puede ver una cierta naturalidad, se puede ver que ha habido progreso, un camino que ha ido creciendo en el conocimiento del Señor, en la intimidad con el Señor; diré la palabra correcta: en la familiaridad con el Señor. Cuando Juan vio esto, le dijo a Pedro: "¡Pero si es el Señor!", y Pedro se ciñó la túnica, se tiró al agua para ir al Señor. La primera vez se arrodilló ante él: "Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador. Esta vez no dice nada, es más natural. Nadie preguntó: "¿Quién eres?" Sabían que era el Señor, era natural, el encuentro con el Señor. La familiaridad de los apóstoles con el Señor había crecido.
Nosotros los cristianos, también, en nuestro camino de vida estamos en este estado de caminar, de progresar en la familiaridad con el Señor. El Señor, podría decir, está un poco "a la mano", pero "a la mano" porque camina con nosotros, sabemos que es Él. Nadie le preguntó, aquí, "¿quién eres?": sabían que era el Señor. La familiaridad diaria con el Señor es la del cristiano. Y seguramente, desayunaron juntos, con pescado y pan, ciertamente hablaron de muchas cosas de forma natural.
Esta familiaridad con el Señor, de los cristianos, es siempre comunitaria. Sí, es íntimo, es personal pero en comunidad. Una familiaridad sin comunidad, una familiaridad sin pan, una familiaridad sin la Iglesia, sin el pueblo, sin los sacramentos es peligrosa. Puede convertirse en una familiaridad, digamos, gnóstica, una familiaridad sólo para mí, separada del pueblo de Dios. La familiaridad de los apóstoles con el Señor fue siempre comunitaria, siempre en la mesa, un signo de la comunidad. Siempre era con el Sacramento, con el pan.
Digo esto porque alguien me hizo reflexionar sobre el peligro que este momento que estamos viviendo, esta pandemia que nos ha hecho a todos comunicarnos religiosamente a través de los medios, a través de los medios de comunicación, incluso esta Misa, estamos todos comunicados, pero no juntos, espiritualmente juntos. La gente es pequeña. Hay un gran pueblo: estamos juntos, pero no juntos. También está el Sacramento: hoy lo tienen, la Eucaristía, pero la gente que está conectada con nosotros, sólo la Comunión espiritual. Y esto no es la Iglesia: es la Iglesia en una situación difícil, que el Señor permite, pero el ideal de la Iglesia es estar siempre con el pueblo y con los Sacramentos. Siempre.
Antes de Pascua, cuando salió la noticia de que celebraría la Pascua en San Pedro vacía, un Obispo me escribió – un buen Obispo: bueno – y me regañó. "Pero cómo es que San Pedro es tan grande, ¿por qué no pone 30 personas por lo menos, para que se pueda ver a la gente? No habrá peligro...". Pensé: "Pero, ¿qué tiene en la cabeza, para decirme esto?". No lo entendí, en el momento. Pero como es un buen Obispo, muy cercano a la gente, querrá decirme algo. Cuando lo encuentre, le preguntaré. Entonces lo entendí. Me dijo: "Ten cuidado de no viralizar la Iglesia, de no viralizar los Sacramentos, de no viralizar al Pueblo de Dios". La Iglesia, los Sacramentos, el Pueblo de Dios son concretos. Es cierto que en este momento debemos hacer esta familiaridad con el Señor de esta manera, pero para salir del túnel, no para quedarse allí. Y esta es la familiaridad de los apóstoles: no gnósticos, no viralizados, no egoístas para cada uno de ellos, sino una familiaridad concreta, en el pueblo. Familiaridad con el Señor en la vida diaria, familiaridad con el Señor en los Sacramentos, en medio del Pueblo de Dios. Ellos han hecho un camino de madurez en la familiaridad con el Señor: aprendamos a hacerlo también. Desde el primer momento, entendieron que esa familiaridad era diferente de lo que imaginaban, y llegaron a esto. Sabían que era el Señor, compartían todo: la comunidad, los sacramentos, el Señor, la paz, la fiesta.
Que el Señor nos enseñe esta intimidad con Él, esta familiaridad con Él pero en la Iglesia, con los Sacramentos, con el pueblo fiel de Dios.
Daniel Díaz Vizzi



21 diciembre, 2019


PRESUPUESTOS DE LA PROPUESTA DE CONVERSIÓN PASTORAL DE EVANGELII GAUDIUM

S.E. MONS. VÍCTOR MANUEL FERNÁNDEZ
En mayo dé 2009, los obispos de la Conferencia Episcopal Argentina me pidieron que preparara una reflexión que los motivara a dialogar sobre la "conversión pastoral", inspirándonos en el documento de los Obispos latinoamericanos de Aparecida, Dado que el entonces Cardenal Bergoglio participó activamente de aquel debate, creo que es importante recogerlo para entender el trasfondo de la propuesta de Evangelii Gaudium.
'Cuando abrí Google en junio de 2009, y escribí "conversión pastoral", aparecieron 1.570.000 resultados, y en noviembre ya eran 1.780.000. El 29/08/2014 eran 5.650.000 resultados. Esto indica que no se trata de una temática muerta, que ha quedado plasmada en algún documento pero que despierta escaso interés, sino de algo que inquieta a la Iglesia. En aquel momento solicité a la Conferencia Episcopal que me permitiera realizar en Argentina una amplia consulta, que enriqueció la reflexión.

1. ANTE TODO CONVERSIÓN

Para hablar de conversión pastoral, lo primero es remarcar que se trata de una auténtica conversión, y que por lo tanto, es un modo de volver a Dios. Aunque parezca obvio, en primer lugar hay que convertirse a Dios, volverse hacia Él:
"...Ustedes se convirtieron a Dios, tras haber abandonado los ídolos, para servir a Dios vivo y verdadero" (1 Tes 1, 9).
"Nosotros les predicamos que abandonen estas cosas vanas y se vuelvan al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra" (Hch 14,15).
Que esta conversión esté lograda no se puede suponer ni siquiera en los catequistas o en los sacerdotes. Conviene decirlo, porque Dios es el sentido último de nuestras vidas, pero puede no serlo en la práctica. No podemos ignorar que hay evangelizadores -también consagrados- que no están muy convencidos del amor que Dios les tiene, o que escapan de su presencia. Les gustan algunas tareas, y discutir acerca de cuestiones pastorales o teológicas, pero viven todo eso al margen de su relación personal con Dios como sentido último de sus vidas. O han perdido la confianza en un Dios capaz de intervenir en la historia y dejan de acudir a él. O, inmersos acríticamente en el consumo de ofertas de bienestar, en la práctica terminan dispersos, perdiendo el interés por responder mejor al amor de Dios con la propia existencia. La figura de Jesús les resulta atractiva pero se ha debilitado el sentido trascendente de la propia vida. Por lo tanto, la invitación a volver a Dios nunca es superflua. Aquí podríamos recordar todo lo que desarrolla el Papa Francisco en Evangelii Gaudium acerca de las tentaciones de los agentes pastorales. Resuena así la Palabra de Dios que nos conmueve cada miércoles de cenizas:
"¡Vuelvan a mi de todo corazón! ... Desgarren sus corazones y no sus vestiduras. ¡Vuelvan al Señor su Dios!" (J1 2,12-13).
Pero desde nuestra autocomprensión cristiana, la conversión a Dios es inseparablemente conversión a Jesucristo, y en el rostro de Jesucristo se nos revela el verdadero Dios: "Nadie llega al Padre, sino por mí (Jn 14, 6); "Separados de mi no pueden nada" (Jn 15,5).

Viendo nacer, vivir y morir a Jesucristo podemos reconocer hasta dónde nos ama el Padre, y desde el corazón resucitado de Jesucristo se derrama en nosotros Ja vida nueva del Espíritu. Esta conversión a Jesucristo es la raíz y la condición de posibilidad de toda otra forma de conversión, porque "no se comienza a ser cristiano por una decisión ética ó una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva" (DCE 1). Esta conversión es el encuentro personal, lleno de admiración y afecto, que da origen al camino del discipulado misionero.

2. CONVERSIÓN FRATERNA Y COMUNITARIA

La conversión a Jesucristo es también conversión a su Reino, que es inseparable de su persona: "Busquen ante todo el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá solo" (Mt 6, 33). Pero hablar de conversión al Reino nos obliga a desarrollar algunas dimensiones ineludibles de esa conversión que pueden estar poco desarrolladas. La conversión al Reino se despliega en varios aspectos, que pueden tener un mayor o menor desarrollo en nosotros. Explicitar esas dimensiones permite percibir toda la riqueza de sentido que tiene la conversión y nos lleva a reconocer en qué dimensión del Evangelio todavía nos falta convertirnos.
Ante todo hay que hablar de la dimensión comunitaria, porque "Dios en Cristo no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los seres humanos"[l]¡Cuántas veces el Papa se refiere al pecado de la "auto referencialidad" y a la "conciencia aislada". Ahora, ¿por qué puede hablarse aquí de "conversión" y en qué sentido? La conversión a Jesucristo ¿no es siempre al mismo tiempo conversión al hermano? El problema es que el desarrollo de la dimensión fraterna de la vida cristiana puede estar fuertemente condicionado por una mentalidad muy arraigada, por una educación inadecuada, por costumbres, tradiciones familiares, límites psicológicos, etc. Por eso puede haber una entrega a Dios que sea sincera y que sin embargo sea poco comunitaria. Aunque ello contradice directa, objetiva y gravemente al Evangelio, puede ser subjetivamente no imputable.[2]
Pero cuando la persona condicionada toma conciencia de sus límites y se deja transformar en un camino de liberación, entonces se produce una segunda conversión que podría llamarse "conversión fraterna". Se trata en realidad de un "crecimiento extensivo" de la vida de la gracia cuando, al superarse algún condicionamiento del sujeto, esa vida de Dios que ya está en el corazón de la persona puede explayarse y manifestarse en una dimensión de la existencia donde antes no podía brillar. La conversión fraterna sería entonces esta liberación de los condicionamientos del sujeto que permiten que la vida de la gracia desarrolle su potencial de fraternidad y comunión de un modo luminoso y significativo. Eso da gloria a Dios.
Esto supone siempre un compromiso por el bien común social. Porque "el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras" (NM1 50). Aparecida ha recordado que "el rico magisterio social de la Iglesia nos indica que no podemos concebir una oferta de vida en Cristo sin un dinamismo de liberación integral" (DA 359).

06 diciembre, 2019